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fuckyeahrol:

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Al principio éramos unos pocos. Luego, comenzamos a ser más, más y más.  Poco a poco, muchos más como nosotros iban llegando. Estaban perdidos,  desorientados… completamente locos. Eso fue lo más raro de todo, ¿sabes?  Todos estábamos locos, cubiertos de sangre y con harapos. Pero nadie  pareció vernos, al menos no en ese entonces. Nos reunimos y formamos una  comunidad en constante crecimiento, estábamos escondidos de la  sociedad. Pero nuestros números subían tanto como bajaban; ¿no te acabo  de decir que éramos locos? Éramos bestias, caníbales; todos tenemos un  monstruo en nuestro interior, y a nosotros él se nos escapaba demasiadas  veces como para contarlas. Nos matábamos entre nosotros mismos. Caníbales.Cada  uno de nosotros era otra historia para contar, pero existía algo que  nos unía y era la razón principal por la cual nos manteníamos juntos y  escondidos de los demás. Un suceso en nuestras vidas que nos había  marcado para siempre. Casi no hablábamos de él, al menos no mucho. Era  una especie de tema tabú, aunque pensábamos en él constantemente. Si la  enfermedad, el virus, no nos hubiera tomado a nosotros, ¿cómo sería  nuestra vida? ¿Viviríamos en los callejones, robando la comida de los  botes de basura o tendríamos una hermosa casa con una hermosa familia  dentro? Pasábamos horas de esta forma, en silencio, sin decir palabra  mientras delirábamos un rato. Pero luego todo volvía a la normalidad. La fría realidad.El infierno mismo.La  verdad, es que estábamos muertos. En varios sentidos. Según nuestros  registros, según nuestros documentos y en palabras de las personas que  conocíamos antes de llegar aquí, estábamos bajo un montón de tierra en  el cementerio local. Nosotros mismos decíamos que estábamos muertos;  pero nuestro cuerpo no. Vivíamos, ¿cómo era posible? Cada uno de  nosotros había muerto. Y ahora andábamos por la ciudad como si nada. No  podía ser posible.Simplemente, no podía.Pero lo era. El  Virus. Así lo bautizamos de una manera tan poco original. Él era la  razón de nuestra desgracia. Antaño, éramos personas normales que  caminaban por la calle y, de repente, comenzaban a sentirse mal. Al  principio era un simple resfriado y la mayoría de nosotros no se  preocupó en ir al doctor. Pero luego las cosas empeoraban. Tos, fiebre y  desmayos. Dolores de cabeza. Los médicos venían y no conseguían hallar  la razón de nuestro padecimiento, pero nos recetaban medicamentos para  que nos sintiéramos mejor y, de paso, les pagáramos algo. Pero de nada  sirvieron. De peor en peor, la cosa se volvió más desesperante.  Comenzamos a delirar debido a la fiebre y, en nuestros momentos de  consciencia, no hacíamos más que gritar y gritar. Quizás es entonces  cuando la locura comienza; cuando te arde el cráneo como si fuera a  estallar y lo único que quieres es chillar y expulsar todo tu dolor en  grito. Nos sedaban, pero los sueños eran mucho menos que tranquilos.Entonces, los dones aparecían.Malditos dones.Hay  una cosa que nos diferencia de los humanos (porque nosotros no somos  humanos, ¿verdad?). Cada uno de nosotros posee un don, una habilidad  especial. No sabemos exactamente cuándo se desarrolla, pero la gran  mayoría concuerda en la primera muestra de la misma es cuando estás al  límite de tu vida. Luego de expulsar más de la mitad de tu sangre y  luego de querer estrangular a alguien, el don se presente de inmediato.  Algunos consiguieron mover objetos sin siquiera pensarlo. Otros,  atisbaron imágenes de los que pronto irían a visitarlos sin que lo  hubieran hecho aún. Telequinesis, videncia, piroquinesis… e incluso  algunos que no tienen nombre. Nadie más que nosotros se daba cuenta de  lo que lográbamos hacer, puesto que era en medidas muy pequeñas, pero  con el tiempo empeoraba. Los dones se volvían más fuertes.Pero, también, más difíciles de controlar.Llega  un momento en el que el cuerpo humano ya no soporta tanto sufrimiento.  Caíamos en la inconsciencia, escoltados por las miradas apenadas de  nuestros seres queridos que nos observaban agonizar, y luego moríamos.  Al menos, así parecía. Nuestro corazón se detenía; los médicos nos  declaraban muertos. Al final, cuando ya todos habían llorado por  nosotros, despertábamos de nuestro largo sueño y nos encontrábamos en  una sala muy oscura, rodeados de otros cuerpos sin vida. Muertos de  miedo, con un dolor palpitante en la cabeza y totalmente desorientados,  escapábamos de la morgue y nadie nunca más nos volvía a ver. Llegábamos  aquí, buscando gente con las mismas experiencias. Hablábamos de nuestros  dones y, de vez en cuando, teníamos ataques de locura en los cuales no  hacíamos más que pelear entre nosotros. Nos mordíamos, nos golpeábamos e  incluso usábamos nuestros dones contra otros. Ser un mutante no te hace  ser inmortal, aunque técnicamente ya estás muerto.Ahora somos  más. Al menos la mitad de la población de la ciudad ha sido infectada;  un cuarto ya son mutantes, y el resto ha escapado. La noticia de nuestra  existencia no es cosa nueva. Antes, nadie sabía qué hacer con nosotros.  Cuando nos descubrieron por primera vez teníamos miedo de que nos  encerraran en laboratorios y experimentaran con nosotros; pero  simplemente nos dejaron en paz, aunque jamás nos permitieron volver a  nuestros hogares. Incluso nuestras propias familias nos detestaban.  Pero, ahora, la cosa es distinta. Han decidido tomar medidas drásticas  por el temor a que el virus se expanda a otras ciudades, a otros países.Esto ya no es una guerra. Es una cacería. Y nosotros somos la presa.

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Al principio éramos unos pocos. Luego, comenzamos a ser más, más y más. Poco a poco, muchos más como nosotros iban llegando. Estaban perdidos, desorientados… completamente locos. Eso fue lo más raro de todo, ¿sabes? Todos estábamos locos, cubiertos de sangre y con harapos. Pero nadie pareció vernos, al menos no en ese entonces. Nos reunimos y formamos una comunidad en constante crecimiento, estábamos escondidos de la sociedad. Pero nuestros números subían tanto como bajaban; ¿no te acabo de decir que éramos locos? Éramos bestias, caníbales; todos tenemos un monstruo en nuestro interior, y a nosotros él se nos escapaba demasiadas veces como para contarlas. 
Nos matábamos entre nosotros mismos. 
Caníbales.

Cada uno de nosotros era otra historia para contar, pero existía algo que nos unía y era la razón principal por la cual nos manteníamos juntos y escondidos de los demás. Un suceso en nuestras vidas que nos había marcado para siempre. Casi no hablábamos de él, al menos no mucho. Era una especie de tema tabú, aunque pensábamos en él constantemente. Si la enfermedad, el virus, no nos hubiera tomado a nosotros, ¿cómo sería nuestra vida? ¿Viviríamos en los callejones, robando la comida de los botes de basura o tendríamos una hermosa casa con una hermosa familia dentro? Pasábamos horas de esta forma, en silencio, sin decir palabra mientras delirábamos un rato. Pero luego todo volvía a la normalidad. 
La fría realidad.
El infierno mismo.

La verdad, es que estábamos muertos. En varios sentidos. Según nuestros registros, según nuestros documentos y en palabras de las personas que conocíamos antes de llegar aquí, estábamos bajo un montón de tierra en el cementerio local. Nosotros mismos decíamos que estábamos muertos; pero nuestro cuerpo no. Vivíamos, ¿cómo era posible? Cada uno de nosotros había muerto. Y ahora andábamos por la ciudad como si nada. No podía ser posible.
Simplemente, no podía.
Pero lo era. 

El Virus. Así lo bautizamos de una manera tan poco original. Él era la razón de nuestra desgracia. Antaño, éramos personas normales que caminaban por la calle y, de repente, comenzaban a sentirse mal. Al principio era un simple resfriado y la mayoría de nosotros no se preocupó en ir al doctor. Pero luego las cosas empeoraban. Tos, fiebre y desmayos. Dolores de cabeza. Los médicos venían y no conseguían hallar la razón de nuestro padecimiento, pero nos recetaban medicamentos para que nos sintiéramos mejor y, de paso, les pagáramos algo. Pero de nada sirvieron. De peor en peor, la cosa se volvió más desesperante. Comenzamos a delirar debido a la fiebre y, en nuestros momentos de consciencia, no hacíamos más que gritar y gritar. Quizás es entonces cuando la locura comienza; cuando te arde el cráneo como si fuera a estallar y lo único que quieres es chillar y expulsar todo tu dolor en grito. Nos sedaban, pero los sueños eran mucho menos que tranquilos.
Entonces, los dones aparecían.
Malditos dones.

Hay una cosa que nos diferencia de los humanos (porque nosotros no somos humanos, ¿verdad?). Cada uno de nosotros posee un don, una habilidad especial. No sabemos exactamente cuándo se desarrolla, pero la gran mayoría concuerda en la primera muestra de la misma es cuando estás al límite de tu vida. Luego de expulsar más de la mitad de tu sangre y luego de querer estrangular a alguien, el don se presente de inmediato. Algunos consiguieron mover objetos sin siquiera pensarlo. Otros, atisbaron imágenes de los que pronto irían a visitarlos sin que lo hubieran hecho aún. Telequinesis, videncia, piroquinesis… e incluso algunos que no tienen nombre. Nadie más que nosotros se daba cuenta de lo que lográbamos hacer, puesto que era en medidas muy pequeñas, pero con el tiempo empeoraba. Los dones se volvían más fuertes.
Pero, también, más difíciles de controlar.

Llega un momento en el que el cuerpo humano ya no soporta tanto sufrimiento. Caíamos en la inconsciencia, escoltados por las miradas apenadas de nuestros seres queridos que nos observaban agonizar, y luego moríamos. Al menos, así parecía. Nuestro corazón se detenía; los médicos nos declaraban muertos. Al final, cuando ya todos habían llorado por nosotros, despertábamos de nuestro largo sueño y nos encontrábamos en una sala muy oscura, rodeados de otros cuerpos sin vida. Muertos de miedo, con un dolor palpitante en la cabeza y totalmente desorientados, escapábamos de la morgue y nadie nunca más nos volvía a ver. Llegábamos aquí, buscando gente con las mismas experiencias. Hablábamos de nuestros dones y, de vez en cuando, teníamos ataques de locura en los cuales no hacíamos más que pelear entre nosotros. Nos mordíamos, nos golpeábamos e incluso usábamos nuestros dones contra otros. Ser un mutante no te hace ser inmortal, aunque técnicamente ya estás muerto.

Ahora somos más. Al menos la mitad de la población de la ciudad ha sido infectada; un cuarto ya son mutantes, y el resto ha escapado. La noticia de nuestra existencia no es cosa nueva. Antes, nadie sabía qué hacer con nosotros. Cuando nos descubrieron por primera vez teníamos miedo de que nos encerraran en laboratorios y experimentaran con nosotros; pero simplemente nos dejaron en paz, aunque jamás nos permitieron volver a nuestros hogares. Incluso nuestras propias familias nos detestaban. Pero, ahora, la cosa es distinta. Han decidido tomar medidas drásticas por el temor a que el virus se expanda a otras ciudades, a otros países.

Esto ya no es una guerra. Es una cacería. Y nosotros somos la presa.


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